Esta es una entrevista ficticia, es decir, sólo es fruto de mi imaginación; partiendo de documentación y textos leídos sobre su persona., que son muchos, el
escritor y personaje siempre me atrajo, hasta tal punto, que creo haber leído todo acerca de él.
SUSAN LENOX ENTREVISTA A TRUMAN CAPOTE.
Truman Streckfus Persons, más conocido como Truman Capote ha aceptado recibirme en su apartamento, situado al oeste de la calle 52. Hace ya quince minutos que le espero en el salón cuando finalmente aparece. Camina como si cada uno de sus pasos respondiese a la coreografía de una música que sólo él parece oír. Viste con un pijama blanco con rayas rojas y sostiene un Martini en la mano. Apenas ha pasado un mes desde que lo ingresaran en el hospital Regent, sin cambio de rumbo alguno. No obstante, Truman Capote conserva intacta su extravagancia y ostentación, su asombroso ingenio y mordaz sarcasmo; una lengua viperina muy apreciada entre sus frívolas y pudientes amistades de la jet set neoyorquina. Truman Capote, amante de las palabras, un prisma al que uno podría estar dándole vueltas en cualquier sentido sin que dejasen de aparecer los más hermosos colores. Una mente maravillosamente sutil, transitando por un camino empedrado, rumbo al cementerio. Absorbido por un estilo de vida que le encadenó a la jet set, al tiempo que se alejaba de su oficio y talento. Incapaz de superar sus viejos fantasmas, a pesar de haber ascendido socialmente desde la nada para alcanzar una gloria que ahora nada significa. Empastillado y alcoholizado, cada vez menos genio, menos musical.
Muy bien Sr.Capot… quiero decir, Truman.
T.C: Alcohólico, drogadicto, homosexual. Soy un genio.
T: Se tiene en gran estima.T.C: Alcohólico, drogadicto, homosexual. Soy un genio.
T.C: Hay un sólo Truman Capote, nunca ha habido alguien como yo y cuando me vaya no habrá nadie como yo. Tengo más o menos la altura de una escopeta y soy igual de estrepitoso.
T: ¿Se encuentra bien?T.C: En mi oscura demencia, absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el látigo que Dios me dio.
T: Sr.Capo.. Truman… le agradezco el tiempo que me dedica. Se de buena tinta que se encuentra enmarañado en su última novela, PLEGARIAS DESATENDIDAS. Su particular En busca del tiempo perdido.
T.C: La alta sociedad norteamericana en la segunda mitad del siglo XX. Este libro trata de ustedes, de mí, de ellos, de todos. No soy Proust. No soy tan inteligente ni tan culto como él. En muchos aspectos no soy tan receptivo. Pero mi visión es tan buena como la suya. ¡En todo! ¡Lo veo todo! ¡No se me escapa nada! Lo que escribo es cierto, es real y está escrito, posiblemente, con una prosa de inmejorable factura que no creo que ningún escritor norteamericano sea capaz de conseguir. De eso es de lo único que me precio, que no es poco. Si Proust fuese norteamericano y viviera ahora en Nueva York, eso es lo que escribiría. Soy la única persona de este país que podía escribir este libro: la única persona. Es la raison d’ être de toda mi vida.
T: ¿No se enfadarán sus cisnes y pavos reales?
T.C: Ellos dan por supuesto que yo vivo de acuerdo a sus valores y es como si al escribir les dijese: “Todo aquello por lo que vivisteis, todo lo que hicisteis no es más que un montón de mierda”. Y eso es verdad. ¿Qué creían, que estaba con ellos para entretenerles?
T: Veo que no perdió suficientes amigos con el cuento La Côte Basque… ¿Empezamos?
T.C: ¡Por favor!
T: ¿Cuándo decidió ser escritor?
T.C: Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Un día caminaba por la carretera chutando piedras y advertí que quería ser escritor, un artista. ¿Cómo sucedió? Eso me gustaría saber a mí. Mis parientes no eran más que unos pobres granjeros. No creo en la posesión, pero algo se apoderó de mí, algún pequeño demonio me hizo escritor. ¿Cómo explicarlo si no? Comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo: ¡y el látigo es únicamente para autoflagelarse!
T: Usted no lo sabía…
T.C: Por supuesto, yo no lo sabía. Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían referido antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal. Luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y entonces cayó el látigo
T: ¿Qué escribía por entonces?
T.C: Los escritos más interesantes que realicé en aquella época consistieron en sencillas observaciones cotidianas que anotaba en mi diario. Extensas transcripciones al pie de la letra de conversaciones que acertaba a oír con disimulo. Descripciones de algún vecino. Habladurías del barrio. Una suerte de reportaje, un estilo de “ver” y “oír” que más tarde ejercería verdadera influencia en mí, aunque entonces no fuera consciente de ello, porque todos mis escritos “serios”, los textos que pulía y mecanografiaba escrupulosamente, era más o menos novelescos.
T: Sin embargo, ¿en su infancia los latigazos provenían de su madre que lo menospreciaba por sus maneras afeminadas?
T.C: Yo era una pequeña preciosidad de porcelana, con mis andares y posturas, que me convirtieron en algo raro y distinto ante los demás muchachos. Incluso mi voz empezó a sonar extraña, aniñada y artificiosa: idéntica a como es ahora. No es que me sintiera encerrado en un cuerpo extraño. No era transexual. Sólo pensaba que las cosas me serían más fáciles siendo chica. Mi madre (Nina) siempre fue hipersensible a las opiniones de los demás. Hasta me llevó a dos psiquiatras con la esperanza de encontrar una curación, algún medicamento, alguna terapia que hiciese de mi el chiidentidad como artista, como hombre y como homosexual.
T.C: Intenté ser lo que mi madre quería, pero fracasé.
T.C: Intenté ser lo que mi madre quería, pero fracasé.
T: Usted escribió en su opera prima: “Si le pones un peso y lo hundes en lo más hondo, no importa: subirá y buscará la superficie ¿Y por qué no? Cualquier amor que haya en la naturaleza de una persona es natural y hermoso. Sólo los hipócritas responsabilizan a un hombre de lo que ama, sólo los analfabetos emocionales y los detentadores de la santa envidia, que en su preocupación agitada confunden frecuentemente la flecha que señala al cielo con la que conduce al infierno”.
T.C: Sin embargo, también los fantasmas vuelven a la superficie.co que ella quería que fuera.
T: Usted intento exorcizar demonios en su primera novela Otras voces, otros ámbitos. Un viaje hacia el descubrimiento de su homosexualidad.
T: No encontraste mucha ayuda.
T.C: Recuerdo que cuando estaba en el Trinity, un profesor me llevaba al cine Olimpia, en el alto Broadway, y en las últimas filas mientras el profesor me acariciaba yo le masturbabaT: El efecto de tal escena en un joven muchacho fue cuanto menos una lamentable iniciación en los misterios del sexo. Y para colmo su madre lo envió a una escuela militar.
T.C: Casi todos los chicos de St.John me daban miedo. Se tomaban el sexo muy en serio. Y en lugar de aportarme felicidad y seguridad, verme asediado de aquella manera tenía el efecto contrario. Era como si estuviese en la cárcel. He hablado con muchos presidiarios y sé cómo se sienten. Siempre hay un recluso joven y agraciado a quien todo el mundo persigue.
T: Usted siempre ha querido ser admirado, ¿vedad? Nunca se ha conformado con un papel secundario.
T.C: Eso me recuerda mi pequeño papel en una obra épico-histórica titulada If I Were King en el colegio. Me adjudicaron el papel de comparsa, ¡de verdugo! Así que me lo amplié. Si no podía representar el papel de François Villon, el hombre que salvó a Francia, me convertiría en el verdugo más locuaz de la historia del teatro. “No es éste un ahorcamiento cualquiera. ¿Recordáis hace cuatro años cuando colgamos…?” Fue como si uno de los lanceros en Hamlet se hubiese arrogado el protagonismo para recitar To be or not to be. ¡Al final de la obra a Villon casi lo cuelgan! Antes de que bajasen el telón el profesor de arte dramático empezó a perseguirme por el escenario. Sin duda la escena más interesante y divertida de toda la obra.
"No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a su casa seres salvajes. Halcones con el ala rota. Otra vez trajo un lince rojo con una pata fracturada. Pero no hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted, Mr. Bell, si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo." (Breakfast at Tiffany's)


















